miércoles, 16 de diciembre de 2009

Brillante a la española. Leonardo Torres Quevedo.

Llevando por nombre el de uno de los genios del Renacimiento y como apellido el de uno de los mejores poetas del Barroco español uno está condenado a ser grande; este es el caso del matemático e ingeniero Leonardo Torres Quevedo. Español de nacimiento y educado en varias escuelas, tanto hispanas como francesas, desarrolló una carrera tan prodigiosa como veloz, además de muy variada.



Fotografía de Leonardo Torres.

Gracias a él se creó el Centro de ensayos de aeronáutica de Madrid en el año 1904, y luego, el Laboratorio de mecánica aplicada, en donde fue director de ambos. Esta oportunidad se le dio gracias al Telekino, sistema de control remoto que hacía uso de las ondas hertzianas y que perfeccionó en el año 1906 hasta que él supuso que estaba acabado. Su invento causó un gran asombro, así como una cierta reputación, la cual le permitió asistir a dar conferencias a las mejores universidades y academias de Europa. También estuvo al cargo de un diseño para un dirigible trilobulado, que le llevó mucho de su tiempo durante los años 1902 y 1909.



Fotografía de Leonardo trabajando en su despacho del Centro de ensayos aeronáuticos durante el año 1906 y 1908. Su reputación como ingeniero y un matemático excepcional le hizo ganarse el respeto de la comunidad científica española y europea.

Pero su pasión secreta era la mecánica aplicada a la construcción de máquinas de cálculo, como la de su querido Leibniz. Mediante sistemas mecánicos y electromecánicos, así como por la información que recibía de Inglaterra sobre los experimentos de Charles Babbage y lady Ada Lovelace, construyó una máquina para calcular polinomios de cualquier grado, que funcionó con relativo éxito. También se vio inmerso en la construcción de un autómata capaz de jugar al ajedrez y vencer a un rival humano, en el año 1912. A uno le sorprende lo antiguo que fueron sus hallazgos hoy, que las máquinas de ajedrez nos parecen algo de otra onda de conocimiento, de una complejidad absoluta. No obstante, y como lo defendía Torres Quevedo, “sabiendo crear algoritmos con una soltura más o menos reseñable no hay nada de la naturaleza que se escape a nuestros razonamientos abstractos”, como el mismo dijo en una conferencia.







Máquina de calcular de Torres Quevedo (arriba); de un diseño muy parecido a la de Babbage, la máquina tenía como objetivo calcular polinomios de n grado, dando preferencia a las ecuaciones diofánticas. Su máquina de ajedrez (abajo) cumplía con las funciones de cualquier programa de ordenador de partidas premeditadas o como los tableros “Atenas”, los cuales parten de diseños muy semejantes a los de Torres Quevedo. En la imagen se le ve a él (izquierda) y un jugador profesional (derecha) dando los últimos retoques al aparato.

Pero Leonardo aun no había mostrado todo su potencial en el campo de las matemáticas, y mucho menos aún en las aplicadas a la ingeniería del transporte. Así pues, empezó el diseño y la construcción del teleférico que atraviesa las cataratas del Niágara, apoyado tanto por el Gobierno español como nicaragüense, y siendo su sistema tan efectivo que aun hoy se sigue empleando.



Fotografía del teleférico diseñado por Torres Quevedo para atravesar las cataratas del Niágara.

Pocas veces uno siente una sensación de orgullo patrio, especialmente cuando aparecen casos de corrupción política, estafas de los propios alcaldes a su mismos vecinos o la violencia y el desprecio que muestra la población hacía los llegados de otros países o los que viven de una manera distinta, pero al contemplar los logros de gente tan buena y aplicada en lo suyo como Torres Quevedo o Juan Gris, uno se siente orgulloso del lugar en que trabajaron y vivieron, ya que está a la altura, a pesar de lo que pase en un futuro ya sea lejano o próximo, tanto evitable como inevitable, del resto del mundo, y que siempre se puedrán hacer cosas.

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