lunes, 4 de enero de 2010

El escultor de lo grandiosamente... pequeño. Alberto Giacometti

A menudo se piensa en Miguel Ángel como esencia de lo escultura, como lo máximo que puede dar el hombre dentro del modelaje. En obras como “La Piedad”, “David” o sus mausoleos, pero no es solo ahí, en su grandioso y titánico trabajo, donde la escultura deja de ser una disciplina más y se convierte en un medio para entender. También llega a lo supremo en las manos de Giacometti.




Fotografía de Alberto Giacometti con sus diminutos modelos de yeso. “A veces eran tan pequeños que de un solo plumazo se deshacían” mencionaba a Pierre Matisse en una carta.

Ya me habéis oído hablar de él en más de una ocasión. Conocéis mi magnetismo hacía él de sobra, pero es que su trabajo se aleja mucho de caer en la escultura convencional, y se adentra en un campo nuevo, compartido por la ciencia y la filosofía, que es el saber, la capacidad de saber y de crear las herramientas para ello. Así pues, poniendo a prueba la elasticidad conceptual del vacío y lo lleno, correspondiéndose con el más absoluto ser y no ser, el escultor italiano fue, comenzando desde una escultura puramente realista, hasta una obra honesta, que sin caer en la trampa del ilusionismo mecanicista, como Calder (los móviles de Giacometti se caracterizan justamente por su falta de dinamismo; parecen que, como un péndulo, cuelgan sin que actúe sobre ellos nada más que el equilibrio generado por el peso y la tensión de la cuerda, permaneciendo en un estado de inmutabilidad) y sin un abigarramiento de los elementos escultóricos , llegando a un punto en donde ya no podía ver “más que el conjunto de una obra en su totalidad, ya que el detalle lo extraviaba de su camino”, dicho en palabras del propio autor. La obsesión por Giacometti de “ver” en su conjunto, el deseo de poseer el control absoluto de la obra (entiéndaseme aquí como que la obra expresara lo que el autor quería desde el principio. Hablo desde un punto de vista conceptual, no técnico ni ontológico. Giacometti siempre estaba dispuesto a fusionar en sus estatuas los sentimientos que su mente le otorgaba en el momento de trabajar, y que ya llevaba acumulados desde antes.) El autor vio que la proximidad con lo real, con lo que se denomina “verdad” y no “verdadero”, cosas que no siempre tiene que ver, como bien señalarían Poincaré y Heidegger, y esto le llevo a trabajar con formatos muy pequeños, estilizando las figuras y trabajando casi con elementos lineales.



“Le palais a quatre heures du matin”

Ya he citado más de una vez mi obsesión por esa escultura de Giacometti que representaría este rito de paso, “Le palais a quatre heures du matin”; esta obra es grandiosa porque su formato reducido y el uso casi mínimo de elementos formales (un par de elementos de madera tallada y unas varillas) son capaces de sostener una compleja red intelectual, donde lo más profundo de su psicología se sustenta y da un efecto de equilibrio, temor y misterio, combinado con la belleza de las rectas que pertenecen a planos no coplanarios que generan intersecciones no paralelas, siguiendo con el argot de la geometría lineal.
El “palacio” resulta interesante si se tiene una idea de lo que llegaría a hacer después, ya sumergido en la creación de esas figuras donde el movimiento ha quedado congelado y la quietud y la paz son algo muy relativo, ya que todo tiene un aspecto asfixiante, producto de la tensión entre ángulos y paralelas que es propia de la geometría.



“La place (II)”

Pesemos en una obra de formato muy reducido, “La place (II)” que apenas tiene unos 20 centímetros de base y las figuras rondan los siete centímetros de altura. Esta obra es fantástica, ya que en un espacio muy reducido, con unos elementos compositivos mínimos (ya ni por el color se preocupa) y con una distribución de estos armoniosa, hace que la posibilidad de ver estos elementos en conjunto nos aporte un entendimiento distinto de lo que normalmente entendemos como obra. Además, sin que la perspectiva ni la posición relativa a las estatuas, podemos percibir como la geometría de Giacometti (las intersecciones de las figuras, las paralelas de los brazos y los torsos de sus figuras y los ángulos casi imposibles de alcanzar en la realidad) es fantásticamente sencilla de construir, mas complejísima de pensar y aun más de plantear.

Cuando veo el trabajo de Giacometti a pequeña escala, me viene a la mente una frase de Ernest Rutherford, el gran físico que demostró que los electrones de un átomo existen, y no se encuentran adheridos al núcleo, sino que se mueven alrededor de él, que hay gente que dice que Giacometti tenía apuntado en uno de sus cuadernos de bocetos y apuntes, y es la siguiente: “Todo misterio de la naturaleza y las propiedades que posee, se descubren a pequeña escala.”

1 comentario:

ABEL dijo...

Bravo por tu enfoque de Giacometti, Alejandro!
Un abrazo
Abel