lunes, 4 de enero de 2010

Un titán con ropas de granjero. Harvest Moon.



Fotografía del todopoderoso Neil Young en concierto.

En esta serie de artículos en los que hablo de discos que merecen, a mi parecer, la pena escuchar, no podía faltar este gran clásico, hecho durante una de las etapas más productivas del gran Neil Young, al cual se le tiene soberbia admiración en este blog.

Junto a “Everybody knows is nowhere”, al cual también le dedicaremos unas palabras, este disco muestra el soberbio manejo de la guitarra, piano y armónica que Young adquirió con el paso del tiempo, y le ha hecho llegar hasta el privilegiado lugar en donde está hoy. Aquí hay temas como “From Hank to Hendrix”, “Unknown Legend”, “Such a woman” o “You and me”, por no olvidarnos de los grandes como “Harvest Moon” o “Natural Beauty”, de los cuales se ha de hablar con detenimiento.



Portada de Harvest Moon.

“Harvest Moon” es todo un guiño al panorama popular norteamericano, con sonidos muy semejantes al country intelectual de John Denver o Johnny Cash y unos coros geniales, no tan buenos como “One of these days”, que es un perfecto argumento para apoyar las zonas campesinas a menor escala de los Estados Unidos, además de que en toda esta pieza, Neil consigue unas simetrías poco comunes en él, pero que la hacen auténtica, sin contar que Young enfoca de una manera bastante elegante el amor sin caer en lo embarazoso. Además su solo de armónica es algo fantástico, llegando a un sonido tan limpio y depurado que nada tiene que envidiar a los complejos instrumentos de viento, haciendo que nos reconsideremos la posición de esta en la música, casi siempre despreciada y pensada como mero acompañamiento. La guitarra también suena distinta, en todo el disco lo hace, ya que tiene un sonido muy limpio y preciso.

Esta limpieza es más que presentable en “Natural Beauty”, última pieza del disco, y la más larga. Proviene de un vivo, y aparte de la genial letra, el sonido de guitarra se asemeja bastante a sus primeras versiones de “Cowgirl in the sand”, pero ahora armonizada por la armónica y los coros, mucho más meditados que en “Everybody knows is nowhere”, y con un tinte distinto a muchas cosas de la época, siendo el sonido muy honesto. Aquí se hace presente aquella idea que sugerí hará un tiempo de “música tridimensional”; con la guitarra, las voces y la armónica, Neil crea todo un paisaje musical tridimensional, que con variaciones de ritmos y de escalas, pero conservando la simetría y la estructura de la pieza, somos capaces de movernos por él, a la vez que este se mueve con una velocidad relativa. Es como los problemas de velocidad relativa de Poincaré con su bonita solución geométrica (Yo hago los problemas de física con Young de fondo y me va muy bien). Y también es todo un canto de apoyo a esa belleza sin plásticos, ilusiones o engaños, la que posee el campo y la gente que lo trabaja, tal como le pasó a Van Gogh cuando estuvo en Arles. Esas imágenes del niño nacido en una habitación clara y las noches de verano son algo maravillosas, en especial como Neil las trata, siempre con una fuerte carga espacial, dejándonos que nos movamos libremente en ellas mientras ellas se mueven con un ritmo precioso. Nunca estaremos en paz con él por habernos dado una música tan buena.